Rika.
Rika se pasaba las tardes hablando con su amigo imaginario, a veces se llamaba Tom, a veces Mario, otras Pierre... Puede que Rika fuese algo mayor para tener un amigo imaginario, pero era feliz. Su amigo aparecía siempre de siete de la tarde a nueve de la noche, era un reloj perfecto. Rika vivía sola. Rika era feliz. Un día, hablando con el que ese día era Kazu, se le planteó una pregunta:
—Oye, Rika ¿eres feliz?
—Claro, te lo cuento siempre de siete a nueve, todos los días.
—Pero no ves a nadie.
—¿Y?
—Ya sé que está sacado de «Los Simpsons», pero ¿cómo suena un árbol que cae y no lo oye nadie?
—No te entiendo.
—¿Qué felicidad es posible si no se puede notificar o compartir?
—La mía.
—Y me lo cuentas a mi, un confidente que no es más que un amigo imaginario, o, quién sabe, una alucinación.
—El otro día, leí en un libro —Rika era feliz leyendo y viendo el tiempo, de reloj y meteorológico, ir degradando poco a poco su ventana— que puede que no seamos seres sociales.
—¿Y por qué me lo cuentas a mi?
—Porque a nadie le interesa, nunca nadie se interesó por mis palabras, ni siquiera mi profesora de lengua.
—Pero esto es como si te lo contases a ti, recuerda que no existo fuera de ti, además, cada día soy una persona distinta ¿quién sabe? a lo mejor mañana soy una mujer y me llamo «Venancia».
—Sabes que nunca saldría de mi un nombre tan raro.
—Sueles tener buen gusto, pero ¿te acuerdas de hace dos años, tres meses y cuatro días? Me llamaba Calígula.
—Ese día fue extraño del todo, sin más.
—No fue extraño, fue increíblemente raro, y, magnífico pero... ¿qué pasó ese día que no pasase ningún otro?
— Me levanté como todos, fui a comer una magdalena de chocolate con un «capuchino» como todos los días, leí unas cuantas páginas, del libro, que creo que era, «Bichos y demás parientes» de Durrel, vine a ca... —Kazu irrumpió de repente.
—¡¿Entre eso e irte a casa qué pasó?!
—Pues... que pagué, como siempre, pero no es relevante.
—¿Ah, no? Creo recordar que la camarera, muy guapa, por cierto, te dijo que «ojalá algún día pasases tiempo con ella hablando de libros, que estabas sola siempre y, que ella, sirviendo cafés con su carrera de filología eslava se aburría.
—¿Y?
—Nunca antes nadie había visto que existías. Ese día yo era ridículo, no hacías más que hablar tú, casi no me dejaste existir. Casi no miraste la ventana.
—Lo siento.
—Nada, nada, pero ¿lo entiendes ahora? El monólogo que no lleva a ninguna parte, la conversación que autorrespondes, nunca te hará feliz. Aunque sea sólo porque seamos sociales, tu felicidad será real cuando alguien la conozca.
—Pero la gente da miedo.
—Y ¿no te da miedo hablar siempre contigo misma un día tras otro y, que cuando salgas a la calle, el sol te queme tanto que mueras?
—La vida me hará daño.
—Es un riesgo que te haré asumir.
—Y desaparecerás.
—Pues lo asumiré de mala gana. Pero alguien como tú, alguien tan indispensable, capaz de transmitir la felicidad no debería fundirse con una ventana.
—Hoy me da pereza salir, pero ¿cómo se llamaba la camarera?
—...
Yo. Porque tú eres tú.
¿Cuantas camareras vemos al día y no nos damos cuenta? ¿Cuantos Kazus, Calígulas, Venancias y compañía tendremos que aguantar? Ya está bien, hombre.
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