jueves, 12 de abril de 2012

#46

Cafetería.

La cafetería estaba a rebosar, era un pequeño lugar ataviado con muebles de madera y el olor característico de aquellos sitios en los que una chica «ReShUlOnA y CoN sTiiLo» no entraría. Por eso, cuando digo a rebosar, digo que había diez personas, contando al camarero, faltaría más.

Las mesas se organizaban de cuatro en cuatro, en cómodos sillones de dos plazas hechos con caoba y asientos de cuero. En la barra había dos taburetes, uno al que se le había estropeado la palanca y estaba totalmente bajado y otro perfecto. Ambos, de manera rudimentaria, habían sido forrados con un terciopelo azul. En la barra, yacían dos ceniceros que no se podían usar por una de las peripecias restrictivas del anterior gobierno. Detrás, sobre una estantería se asentaban una serie de botellas de alcoholes fuertes conocidos (Barceló, Jack Daniels, Larios...) y otros no tanto, que, además, tenían la facultad de estar todas medio vacías. Hablaba contigo sobre la existencia necesaria de Nietzsche en la evolución social mientras me preguntaba, para mis adentros, quién carajo bebería de esa botella de cristal color ambar, como las que se usan en microbiología, y cuyo licor tenía un nombre alemán tan raro que ni me atrevía a pronunciar (y mucho menos a escribir).

Como habrás recordado, o por lo menos deducido, nos sentábamos en la barra. Yo estaba en el taburete roto (cómo no) mirándote desde abajo y viendo como superabas mis argumentos una y otra vez (dichosa manía). Nuestra conversación me hubiese hecho sentir muy «moderno» de no ser porque los cuatro estudiantes que estaban sentados en una de las mesas estaban hablando de la influencia de las obras de Mozart en la literatura de Murakami y en la otra había tres personas, cada una con su respectivo «Apple» que sólo se dedicaban a, con el martillear del teclado, tapar ese blues suavón que inundaba el local de manera ambiental.

Era mi tercer ron y ya ni intentaba eludir la mirada de desprecio que me ofrecía la chica pelirroja que hablaba de la mierda esa de Mozart. Creo que le sentó mal que le corrigiese en un par de apuntes biográficos sobre Mozart, pero bueno, eso son minucias. Tú seguías con el mismo batido, aunque, te las habías apañado para tomar tres o cuatro chupitos de nosequé con melocotón.

En estos temas tan extraños estábamos cuando, de repente, la chica pelirroja desapareció y dejó tras de si un halo de pompas de jabón. Tras de sí, uno a uno, todos los cómodos tertulianos y proyectos de escritores de «best seller» fueron desapareciendo con una ráfaga distinta que inundó todo el local de colores. Conejos, humo, mariposas, globos de pintura, confeti... Desaparecían ellos y sus accesorios, pero, parecía que sólo yo me daba cuenta, el camarero seguía abrillantando una copa de «cognac» con un trapo, que, más que limpiarla, la ensuciaba y tú seguías afirmando disparates bien razonados sobre Nietzsche y su pensamiento.

Entonces te tocó a ti. No te fuiste con colores, simplemente sonó un chasquido, como cuando cruje un tobillo o la cadera y desapareciste dejando una nota. Yo ya sabía lo que ponía, algo así como:

«No me guardes rencor, tú ya sabías que esto pasaría y aún así lo quisiste».

El camarero me miró y me dijo:

-Los que cierran el café siempre tienen la cara más triste ¿le pongo algo?
-Un café solo, sin azucar.
-Marchando.

Y, mientras esperaba el golpe amargo, miré la nota. Ni siquiera palabras, te habías contentado con un:

«:3»

Y allí me quedé, con mi café, mi blues suavón, mi «dospuntostrés» y mi taburete roto. Tarde o temprano yo también me iría.

Yo. Porque tú eres tú.

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