jueves, 26 de abril de 2012

#52

Rika.


Rika se pasaba las tardes hablando con su amigo imaginario, a veces se llamaba Tom, a veces Mario, otras Pierre... Puede que Rika fuese algo mayor para tener un amigo imaginario, pero era feliz. Su amigo aparecía siempre de siete de la tarde a nueve de la noche, era un reloj perfecto. Rika vivía sola. Rika era feliz. Un día, hablando con el que ese día era Kazu, se le planteó una pregunta:


—Oye, Rika ¿eres feliz?
—Claro, te lo cuento siempre de siete a nueve, todos los días.
—Pero no ves a nadie.
—¿Y?
—Ya sé que está sacado de «Los Simpsons», pero ¿cómo suena un árbol que cae y no lo oye nadie?
—No te entiendo.
—¿Qué felicidad es posible si no se puede notificar o compartir?
—La mía.
—Y me lo cuentas a mi, un confidente que no es más que un amigo imaginario, o, quién sabe, una alucinación.
—El otro día, leí en un libro —Rika era feliz leyendo y viendo el tiempo, de reloj y meteorológico, ir degradando poco a poco su ventana—  que puede que no seamos seres sociales.
—¿Y por qué me lo cuentas a mi?
—Porque a nadie le interesa, nunca nadie se interesó por mis palabras, ni siquiera mi profesora de lengua.
—Pero esto es como si te lo contases a ti, recuerda que no existo fuera de ti, además, cada día soy una persona distinta ¿quién sabe? a lo mejor mañana soy una mujer y me llamo «Venancia».
—Sabes que nunca saldría de mi un nombre tan raro.
—Sueles tener buen gusto, pero ¿te acuerdas de hace dos años, tres meses y cuatro días? Me llamaba Calígula.
—Ese día fue extraño del todo, sin más.
—No fue extraño, fue increíblemente raro, y, magnífico pero... ¿qué pasó ese día que no pasase ningún otro?
— Me levanté como todos, fui a comer una magdalena de chocolate con un «capuchino» como todos los días, leí unas cuantas páginas, del libro, que creo que era, «Bichos y demás parientes» de Durrel, vine a ca... —Kazu irrumpió de repente.
—¡¿Entre eso e irte a casa qué pasó?!
—Pues... que pagué, como siempre, pero no es relevante.
—¿Ah, no? Creo recordar que la camarera, muy guapa, por cierto, te dijo que «ojalá algún día pasases tiempo con ella hablando de libros, que estabas sola siempre y, que ella, sirviendo cafés con su carrera de filología eslava se aburría.
—¿Y?
—Nunca antes nadie había visto que existías. Ese día yo era ridículo, no hacías más que hablar tú, casi no me dejaste existir. Casi no miraste la ventana.
—Lo siento.
—Nada, nada, pero ¿lo entiendes ahora? El monólogo que no lleva a ninguna parte, la conversación que autorrespondes, nunca te hará feliz. Aunque sea sólo porque seamos sociales, tu felicidad será real cuando alguien la conozca.
—Pero la gente da miedo.
—Y ¿no te da miedo hablar siempre contigo misma un día tras otro y, que cuando salgas a la calle, el sol te queme tanto que mueras?
—La vida me hará daño.
—Es un riesgo que te haré asumir.
—Y desaparecerás.
—Pues lo asumiré de mala gana. Pero alguien como tú, alguien tan indispensable, capaz de transmitir la felicidad no debería fundirse con una ventana.
—Hoy me da pereza salir, pero ¿cómo se llamaba la camarera?
—...




Yo. Porque tú eres tú.




¿Cuantas camareras vemos al día y no nos damos cuenta? ¿Cuantos Kazus, Calígulas, Venancias y compañía tendremos que aguantar? Ya está bien, hombre.

lunes, 23 de abril de 2012

#51

Bendigo a aquel primer homínido (1)(2) que inventó lo de alzarse sobre las dos patas traseras para poder ver (3) por encima de las hierbas altas de la sabana. Su filosofía es aplicable a todos los aspectos de la vida. En mi caso, hoy, levantarme de la cama (hasta que he cogido valor han pasado física y estadística) y ver el mundo con algo más garra y fuerza. Pequeñas cositas, supongo. Aunque, a lo mejor, por no haberse levantado ese homínido antes, la cagó. Vuesa merced me entenderá.

1(toma patada a la biología evolutiva)
2(no reconoce el corrector del chrome «homínido» como palabra)
3(es la teoría más aceptada)

Anhelos.

Miedo, esperanza. Hay una frase, de una conocida serie artística de moda, que enuncia algo así como que la esperanza es más fuerte incluso que el miedo.

Maticemos, ambas son lo mismo, bajo distintos puntos de vista. Un ejemplo, el suicida:

«Un suicida aguarda en la silla intentando atreverse a tirarse. Claro está, para ahorcarse.
En esto anda cuando lo hace.
El suicida tiene la esperanza de que con su muerte todo se solucione.
El suicida tiene miedo a vivir.»

En realidad el miedo es esperanza de que no pase una cosa. Y la esperanza es miedo a que pase todo lo demás. El único matiz es la concentración de anhelo. Ambos son específicos.

El miedo es un anhelo unidireccional negativo y multidireccional positivo.

La esperanza es un anhelo unidireccional positivo y multidireccional negativo.

Así pues, ambo es lo mismo, con diferente concentración. Se supone que tienen la misma fuerza, pero, entonces

¿Por qué es más fácil vivir con un anhelo multidireccional negativo? ¿Cómo puede ser que uno sea más fuerte que el otro? ¿Cómo se puede vivir mejor si sólo quieres que pase una cosa y no todas las demás?

Yo. Porque tú eres tú.

P.D. Y demases cagadas y demenoses findes.

martes, 17 de abril de 2012

#50

Ü 1.

Ü se acostó anoche tarde. Tuvo que haberle puesto sábanas a la cama, pero no quiso y se acostó sobre el colchón, en calzoncillos y se echó el nórdico por encima. La alarma, cómo no, a las ocho. Cuando sonó esta mañana, Ü seguía oyendo la ducha. Decidió esperar hasta que estuviese libre, aunque le costase no desayunar. Luego Ü fue a la universidad para constatar los dos hechos que constata todos los días, siempre que va, si es que va. Ü constató que ciertas persona habían firmado su cruzada personal contra él. Ü lo entendía, lo que Ü no entendía es por qué no lo declaraba. Ü también constató que daba igual cuánto faltase, cuánto dejase de atender, sus asignaturas más difíciles seguían sin ofrecer reto, sin enganchar.

Todo esto, unido al ataque de misantropía que tenía desde que hizo su examen (para el que había estudiado 25 minutos durante otra clase) hizo que esa conexión neuronal que tenemos todos y que juega a ser equilibrista se balancease y cayese al suelo. Ü no quiso volver a casa, Ü se fue a tomar una cerveza. Ü se daba asco, cada vez la sensación de la ebriedad le gustaba más. Posiblemente, esa pronta ebriedad vendría dada por la falta de aporte de nutrientes fruto de esos "20 minutitos más" en la cama.

Ü llegó a casa, tras mandar un mensaje, y comió. Confit de pato y patatas fritas. Más tarde decidió acudir, como hace religiosamente desde hace tiempo al ordenador y, revisar ciertas frases de las que se había apropiado. Viendo que alguna había sido borrada se tuvo que desprender de "tres dospuntostreses" que se había autoadjudicado. Algo que hizo que el equilibrista volviese a caer. Ü manda otro mensaje y piensa en qué hacer mientras recupera su página de Spotify, ya que le permiten oír ciertas cosas antes prohibidas.

Ü no entiende nada, Ü escribe, Ü comprende que algo no funciona bien en él, Ü conoce sus fallos, Ü escribe, Ü va a ir a hacerse una cuenta de Pottermore o algo así. Ü tiene que hacer trabajos. Ü quiere corregir sus fallos. Ü no puede. Ü cree que lo hará. Ü no sabe nada. Ü quiere. Ü es, hasta nuevas noticias. Ü, aún así, sabe que no todo va mal. Ü confía. Ü espera. Ü escribe.

Yo. Porque tú eres tú.

domingo, 15 de abril de 2012

#49

....Cuando los puntos cardinales son jóvenes no sabemos qué hacer. Cuando los puntos cardinales son jóvenes hay un total desequilibrio y tendemos a buscar al sur o al norte en exceso. Creemos que al final del camino nos encontraremos a nosotros mismos, pero allí no nos espera nada. Lo importante de los puntos cardinales no es encontrar el final, ya que la Tierra es redonda, es saber adónde vamos. Saber que no iremos tanto al norte que pudiésemos acabar en el sur. Los puntos cardinales nacen cada día, dentro de nosotros, y, como toda vida, sufren mutaciones. Por eso tenemos días malos. Deleción desde el par de bases 38 al 56 del gen Citocromo. Pérdida del suroeste. Desestabilidad, búsqueda incesante de otros caminos... Llamadlo como queráis, pero todo sufre selección natural si se ve sometido a una presión natural, y, por lo tanto, si deseamos continuar, mejoraremos....

Maybe I should't be allowed to give you this, or maybe I shouldn't give you nothing, just for your safety. But I must be here just for me. And, if I can help you, just whistle. If you can. (If you cannot whistle, hit me like all the others times and all that stuff)


French Toast.

Sólo hay que encontrar el método para eliminar el estrés. Ya sea cogiendo el piano como nunca, trabajando, leyendo o cocinando unas tostadas francesas; incluso si te salen algo secas y tienes que remediarlo con leche condensada.

Y con la parte dorada de estas, producida por la desnaturalización conjunta de proteínas lácteas y de la ovoalbúmina, se puede ir todo, y llegar muchas más cosas. Como volver a recordar por qué estamos aquí. Por nada y para nada. Como recordar por qué estoy aquí. Por y para lo que quiera. Y para una vez que tengo claro el por y para, no tengo ni idea del cómo. Es lo de siempre con el coche, si tienes gasolina, el firme está mal. Si el firme está bien te fallan los frenos...

Pero habiendo coche y carretera puedes hacer el viaje. Con paradas, mala hostia y tal, pero al final llegas a casa, te echas una siesta y te permites lo que quieras.

Yo. Porque tú eres tú.

viernes, 13 de abril de 2012

#48

Concierto.

Porque podría estar en un concierto al que prometí ir, o esperar a que terminase tomándome alguna cerveza en algún archiconocido bar. Pero no. Peeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeero:
http://youtu.be/WlBiLNN1NhQ

A lo que me apetece hoy responder:

http://youtu.be/2cTRWXBcxnQ

Y sin más dilación, que os zurzan.

Yo. Porque tú eres tú.

jueves, 12 de abril de 2012

#47

Vuelta a las reflexiones.

No hablemos del destino, ya somos mayorcitos para ello, o eso creo. Pero ¿y si estamos determinados genéticamente (algunos) a vivir en la mediocridad, el hastío y el inconformismo y la dejadez? ¿Podría usarse en este caso como escusa? Y si algunos por más que se esfuercen nunca alcanzan un grado de satisfacción en algo que todo el mundo lo hace? ¿y si aunque queramos cambiarlo no tenemos elección? ¿y si estamos determinados a ser inútiles?

Personalmente no lo sé, por eso lanzo preguntas al aire, a lo mejor, dentro de un tiempo leo esto y me río de mi mismo. No lo sé. Espero.

#46

Cafetería.

La cafetería estaba a rebosar, era un pequeño lugar ataviado con muebles de madera y el olor característico de aquellos sitios en los que una chica «ReShUlOnA y CoN sTiiLo» no entraría. Por eso, cuando digo a rebosar, digo que había diez personas, contando al camarero, faltaría más.

Las mesas se organizaban de cuatro en cuatro, en cómodos sillones de dos plazas hechos con caoba y asientos de cuero. En la barra había dos taburetes, uno al que se le había estropeado la palanca y estaba totalmente bajado y otro perfecto. Ambos, de manera rudimentaria, habían sido forrados con un terciopelo azul. En la barra, yacían dos ceniceros que no se podían usar por una de las peripecias restrictivas del anterior gobierno. Detrás, sobre una estantería se asentaban una serie de botellas de alcoholes fuertes conocidos (Barceló, Jack Daniels, Larios...) y otros no tanto, que, además, tenían la facultad de estar todas medio vacías. Hablaba contigo sobre la existencia necesaria de Nietzsche en la evolución social mientras me preguntaba, para mis adentros, quién carajo bebería de esa botella de cristal color ambar, como las que se usan en microbiología, y cuyo licor tenía un nombre alemán tan raro que ni me atrevía a pronunciar (y mucho menos a escribir).

Como habrás recordado, o por lo menos deducido, nos sentábamos en la barra. Yo estaba en el taburete roto (cómo no) mirándote desde abajo y viendo como superabas mis argumentos una y otra vez (dichosa manía). Nuestra conversación me hubiese hecho sentir muy «moderno» de no ser porque los cuatro estudiantes que estaban sentados en una de las mesas estaban hablando de la influencia de las obras de Mozart en la literatura de Murakami y en la otra había tres personas, cada una con su respectivo «Apple» que sólo se dedicaban a, con el martillear del teclado, tapar ese blues suavón que inundaba el local de manera ambiental.

Era mi tercer ron y ya ni intentaba eludir la mirada de desprecio que me ofrecía la chica pelirroja que hablaba de la mierda esa de Mozart. Creo que le sentó mal que le corrigiese en un par de apuntes biográficos sobre Mozart, pero bueno, eso son minucias. Tú seguías con el mismo batido, aunque, te las habías apañado para tomar tres o cuatro chupitos de nosequé con melocotón.

En estos temas tan extraños estábamos cuando, de repente, la chica pelirroja desapareció y dejó tras de si un halo de pompas de jabón. Tras de sí, uno a uno, todos los cómodos tertulianos y proyectos de escritores de «best seller» fueron desapareciendo con una ráfaga distinta que inundó todo el local de colores. Conejos, humo, mariposas, globos de pintura, confeti... Desaparecían ellos y sus accesorios, pero, parecía que sólo yo me daba cuenta, el camarero seguía abrillantando una copa de «cognac» con un trapo, que, más que limpiarla, la ensuciaba y tú seguías afirmando disparates bien razonados sobre Nietzsche y su pensamiento.

Entonces te tocó a ti. No te fuiste con colores, simplemente sonó un chasquido, como cuando cruje un tobillo o la cadera y desapareciste dejando una nota. Yo ya sabía lo que ponía, algo así como:

«No me guardes rencor, tú ya sabías que esto pasaría y aún así lo quisiste».

El camarero me miró y me dijo:

-Los que cierran el café siempre tienen la cara más triste ¿le pongo algo?
-Un café solo, sin azucar.
-Marchando.

Y, mientras esperaba el golpe amargo, miré la nota. Ni siquiera palabras, te habías contentado con un:

«:3»

Y allí me quedé, con mi café, mi blues suavón, mi «dospuntostrés» y mi taburete roto. Tarde o temprano yo también me iría.

Yo. Porque tú eres tú.

martes, 10 de abril de 2012

#45

Viviendo en el vértice perfecto de una esfera.

1
Abrí los ojos, inspiré, tomé una última calada y apagué lo que fuese que me estaba fumando, decidí que ya era tiempo de cambiar algo. Pero ahí llega la sorpresa, el ponerme en pie me hizo recordar por qué me había sentado: «nada iba a cambiar». Me acerqué al poyo de la chimenea, cogí la cajetilla. Quedaban dos cigarros. Me los fumé a grandes bocanadas y me dormí.

Despierto, estoy llorando. Intento imaginarme el sueño que he tenido. Decido que tenía que ser algo en lo que había gente, sólo eso. Busco entre mis cosas por algún cigarro olvidado. Ninguna colilla aprovechable. Me acerco al único armario de la casa. Saco una botella de algo que alguna vez pudo ser Ron. La bebo con pequeños sorbos. Me quema la garganta. Así durante una hora. A veces algún que otro verderón se posa en la ventana para, acto seguido seguir con su marcha a ninguna parte. En la televisión, gente que, por hacer cosas, informa o hace algo así. Me levanto. Busco calor en Brahms. El adagio de el concierto en re mayor despierta mi cuello y miro por la ventana. Hace viento. Bien podría nevar o llover, la cuestión es que la gente huye del viento como si fuese algo malo, como si el hecho de huir de él cambiase algo. Estoy algo borracho. Subo a trompicones por las escaleras y entro en el baño para vomitar lo poco que comí ayer y todo el alcohol ingerido durante esta tarde. Me acuesto vestido. Posiblemente los zapatos estén manchando la colcha. No sé qué hora es, el tiempo ha dejado de ser relevante, luz y oscuridad se alternan, pero tampoco paro a contar los meses. Mi último pensamiento no patrocinado por Morfeo recae en la compra que debo hacer, cuando sea.

Me levantaré. Bajaré y tomaré algo de «Ramen». Compraré tabaco, y, cuando salga me llamarás. Contestaré. Todo el día se borrará. Me prepararé. Dejaré todo por medio. Saldré corriendo a verte. Nos veremos. Nos abrazaremos y significará, como siempre, más aún que el anterior. Daremos vueltas. Hablaremos de cualquier serie de la infancia que recuperamos por medio de amigos o hermanos. Me pararás. Me besarás. Todo el mundo acabará en ese instante. Iremos a mi casa. Dormiremos, o, más bien, la versión oficial es que dormiremos. Me levanto. No estás. Tenías que hacer muchas cosas. Una nota.

«Hueles a tabaco, para».

Bajo por las escaleras y me siento. Abro la cajetilla de cigarros. Pongo uno y otro y otro en mis labios. Inspiro.

2
Abrí los ojos, inspiré, tomé una última calada y apagué lo que fuese que me estaba fumando, decidí que ya era tiempo de cambiar algo. Pero ahí llega la sorpresa, el ponerme en pie me hizo recordar por qué me había sentado: «nada iba a cambiar». Me acerqué al poyo de la chimenea, cogí la cajetilla. Quedaban dos cigarros. Me los fumé a grandes bocanadas y me dormí.



Yo. Porque tú eres tú.

martes, 3 de abril de 2012

#44

Duży piwo

¿Vivir del todo o vivir bien?

Una ley básica del mundo macromolecular es una que enuncia, en boca de Blasa: "Donde ná hay, ná se pué sacar".

Podemos tener todo, pero pagando algo a cambio, bien sea noches, tardes, días, un brazo, las uñas, morderte, intranquilidad, una pierna, dinero...

El problema es si vivir en el término medio y no arriesgar demasiado (sin tener demasiado) o arriesgarlo todo y poder tenerlo todo.


Pongo un ejemplo, Chopin sacrificó (involuntariamente, por supuesto) su capacidad de ligar y una larga vida por ser un pianista. Nietzsche su cordura, Mozart su juventud, Beethoven su cordura, Lorca su juventud, Goya su cordura...

Eso nos lleva a que el gran sacrificio que hacemos es aquél en el que damos juventud y cordura (no vale el ejemplo de Bach, alguien con 16 hijos no está cuerdo).

Ahora tocará el trabajo introspectivo de mirar si queremos vivir del todo o vivir bien.


Gracias.


Yo. Porque tú eres tú.

P.D: Días raros como ellos solos, síndrome de abstinencia nivel: "Superquite de energía"

lunes, 2 de abril de 2012

#43

Henos aquí reunidos de nuevo ¿dónde? en Cracovia, por supuesto. Pues bien ¿qué quiero contar? No lo sé.

No sé nada. No tengo ni idea de la durabilidad de nada. Si tú mantienes una casa con 4 pilares durante una semana y le quitas uno, puede que se sostenga con tres o puede que no. Por lo pronto, tiembla a ratos.


Fuego, fuego, todo arde, todo quema, todo rompe y todo borra, siempre. Pirófitas, me gustan las pirófitas.

Y por supuesto, necesito que quemes. Siempre.

Que te quemes para crecer, quemar para crecer... Nunca nos damos cuenta de ello, pero hay que quemar para crecer.

Polonia es bonita, pero quiero ver Polonia ardiendo, y Granada, y Toledo, y la Tierra. Quiero que todo arda.