Y, como lo prometido es deuda, y confío en que pueda leer la otra parte de la promesa, aquí va algo improvisado y no revisado, repito "NO REVISADO"
Era verano, y, mi movimiento sólo provocaba que de mis axilas brotase ese sudor nervioso. La camiseta blanca pronto pasó a ser una vacuola de cualquier célula vegetal gigante. Mis pasos, en una proporción de dos a uno con los segundos, creaban la sensación de un frenazo en el tiempo. ¿Quería verla o no? Siete años era mucho tiempo, posiblemente había cambiado tanto... ¿seguiría teniendo las hendiduras de su sonrisa? ¿se seguiría mostrando insumisa ante la vida? ¿recordaría la promesa?...
No, definitivamente no se acordaría de ella, eso era imposible. Esa promesa la habría olvidado en cuatro años, tres no, ella no era así, pero tampoco se ataría a una promesa tanto tiempo como siete años.
Decidí sentarme, así dejaría de sudar. Abrí una lata de Pepsi (todavía la gente me seguía recriminando que la prefiriese a la Coca-Cola), y miré el paquete de Ducados, sólo quedaba uno. Hacía tres horas que había salido de mi casa, y, en ese tiempo me había gastado un paquete. Si hubiese tenido un cartón, también quedaría un cigarro.
El cigarro encajó perfectamente con la comisura de mis labios, 7 años hacía que no la veía, 6 desde que el hábito me retomó. Tomé una calada, aunque bien podría decirse que al fin respiraba, el aire viciado que «se limpiaba» en el filtro bañaba mis pulmones y salía por mi nariz provocándome un picor que siempre me atrajo. Estaba comenzando mi segunda calada cuando la voz volvió a sonar:
-¿Pero tú estás tonto o qué? Que deje de verte no implica que tengas que hacer todas las tonterías que conseguí que corrigieses... Seguro que has vuelto a ser un desorden... ¡Como tu coche huela a tabaco te juro que te mato!
En ese mismo instante me dio un abrazo. Respondí. No era mejor abrazo que antes, ni peor, era un abrazo, como siempre los habíamos tenido. Tras este momento, me conseguí separar un poco de ella, y lo que vi incrementó mi nerviosismo. Los años la habían mantenido como en una cámara criogénica. El pelo rizado seguía cayendo sobre sus hombros y absorbiendo con la misma intensidad los rayos del sol, en la cara, además de seguir las hendiduras de su sonrisa, habían desaparecido todas las imperfecciones que la juventud nos hace pagar a todos por nuestros actos, y su voz, no contenta con haberse vuelto más segura, se había profundizado, tanto que en esos escasos veinte segundos volví a caer en lo que tardé tres años en recuperarme. Me armé de valor:
-Hace mucho que no pisas Toledo, ¿quieres ir a algún sitio? o...
-¡Qué va! Estoy molida, 5 horas de avión para luego media hora de tren, creo que me tengo ganado el sofá de tu casa.
Subimos al coche, me acusó de vejestorio y «vintage». Al parecer un Honda Civic no era lo suficientemente moderno para que ella fuese transportada. Le estaba hablando de que no es antigüedad sino buen gusto cuando me dijo:
-Llevaré mucho sin aparecer por Toledo, pero tu casa estaba hacia el otro lado...
-Joder, se me olvidó decírtelo, cambié de casa, ahora tengo una en el casco, entre la catedral y el Garcilaso, que ya no es Garcilaso. Creyendo que tendría éxito ponerle el nombre de un escritor moderno, le cambiaron el nombre a Lucía Etxebarría, con el consiguiente vaciado y cierre del local, ahora creo que han puesto un sex-shop o algo así.
-¿Y las cuevas?
-La nueva moda de Toledo, ahora todos los bares tienen cuevas, a la gente le dio por liarse a la luz del sol, total, todo el mundo ahora mira a sus cleverphones....
-Yo ya tengo uno, pero tengo desconectada la videollamada perpetua, es horrible.
-Supongo, yo me modernicé, el Nokia ya sólo lo uso para los viajes, ahora tengo un Samsung Galaxy S.
-¿Dejarás de vivir en el pasado?
-Jamás.
En aquel momento, en la radio empezó a sonar cierta canción a la que no nombraré en estas memorias. Pero para que se entere el lector, sería como... Somewhere over the Rainbow para José Manjón-Cabeza, o Mojo Pin, tal vez algo como Cassis o alguna de esas.
Me pasé toda la canción mirándola, esperando a que me devolviese la mirada y comprendiese la canción, nada. No sólo no se había acordado de la promesa, tampoco de esa canción. Estaba dolido.
-¿Así que esta es tu casa? Bien podrías echarle una mano de pintura, pero abre pronto, estoy muerta.
-El salón está en el último piso, deja allí las cosas y acuéstate, ya te llamaré para cenar.
-¿Cuánto tiempo hace que nos conocemos y cuánto tiempo vas a seguir negándome mi reticencia a dormir?
-Cinco años, más siete en el que recibía 3 cartas por año.
-Lo siento...
-¡No pasa nada, en serio!-Si pasaba.
Subió y se sentó a hablar conmigo de su viaje, era increíble, no había perdido su espíritu de lucha, Japón, EEUU, Canadá, China, Chile, Etiopía, Noruega, Brasil... ¡Y en ese orden! A los cinco minutos de ese silencio incómodo que se crea en las visitas se quedó dormida, bajé a preparar la cena.
Me esmeré, intenté no hacer Ramen e hice una pasta con un sofrito interesante, y de postre saqué las magdalenas de chocolate que había hecho el lunes anterior para celebrar mis 3 años trabajando. Tardé una hora y media, mi habilidad con la cocina, en siete años, no había cambiado nada.
-Pues no está malo para ser tú-dijo- parece que vivir solo te ha beneficiado en algo...
-Calla y come. Aunque bien podría ser un comentario «ebarrabajaé»
-¿El qué?
-¿No te acuerdas?
-No- sonrió y siguió comiendo.
Al acabar de comer, una cosa que no había cambiado es que yo me había comido casi todo, saqué una botella de vodka de melocotón. Me miró con ojos de gato, como ella los tenía y le llené un vaso.
-Sigues siendo un alcohólico- me dijo como si me hubiese hecho algún daño alguna vez- ni se te ocurra encender un cigarro...
-¿Y una cachimba?
-¿De qué?
-Melón
-Te lo permito, mujer.
El alcohol parecía hacerle recuperar la memoria, o, soltar su lengua.
A la una estábamos hablando de mitos eróticos de nuestra edad, a las dos, al pasar por Natalie Portman empezamos a hablar del cisne negro, sobre las tres y media el tema de conversación se desvaneció y sólo bebíamos y reíamos.
Entré en la cama a las cinco menos cuarto. Mierda. Al día siguiente tenía la presentación de un proyecto que conseguiría sacarme de España. Mierda. La casa está hecha un desastre. Mierda, no se acuerda de nada y dormirá en la habitación de invitados.
A las cinco y veinte entró en mi cama, me despertó con el ímpetu de quien despierta a las siete de la mañana:
-Oye, me acuerdo de todo, sigues vivo, y ahora viene mi parte.
Me besó. No fue un mejor beso, ni un peor, fue un beso, como siempre los habíamos tenido.
A la mañana siguiente, sobre eso de las 3 de la tarde (había desistido de presentar mi proyecto, ya lo haría en tres meses), la vi asomándose por la ventana hacia las callejuelas, saqué fuerza de algún sitio y dije:
-Tu parte está hecha ¿querrás quedarte? Hoy es domingo...
-Depende- dijo con un tono que no me permitió ser muy optimista.
Tragué saliva:
-¿De qué?
-De si tienes suficientes bolsas de palomitas como para mantenerme.- Se acercó a la cama, soltó la sábana y me besó.- ¡Ah! Y cómprate un gato.
Yo. Porque tú eres tú.
P.D: No está influido para nada en novelas recientemente leídas por mi, que va.
P.D2: Atención a la primera palabra del texto.
P.D3: Si no gusta «Austéalamierda».