1
Abrí los ojos, inspiré, tomé una última calada y apagué lo que fuese que me estaba fumando, decidí que ya era tiempo de cambiar algo. Pero ahí llega la sorpresa, el ponerme en pie me hizo recordar por qué me había sentado: «nada iba a cambiar». Me acerqué al poyo de la chimenea, cogí la cajetilla. Quedaban dos cigarros. Me los fumé a grandes bocanadas y me dormí.
Despierto, estoy llorando. Intento imaginarme el sueño que he tenido. Decido que tenía que ser algo en lo que había gente, sólo eso. Busco entre mis cosas por algún cigarro olvidado. Ninguna colilla aprovechable. Me acerco al único armario de la casa. Saco una botella de algo que alguna vez pudo ser Ron. La bebo con pequeños sorbos. Me quema la garganta. Así durante una hora. A veces algún que otro verderón se posa en la ventana para, acto seguido seguir con su marcha a ninguna parte. En la televisión, gente que, por hacer cosas, informa o hace algo así. Me levanto. Busco calor en Brahms. El adagio de el concierto en re mayor despierta mi cuello y miro por la ventana. Hace viento. Bien podría nevar o llover, la cuestión es que la gente huye del viento como si fuese algo malo, como si el hecho de huir de él cambiase algo. Estoy algo borracho. Subo a trompicones por las escaleras y entro en el baño para vomitar lo poco que comí ayer y todo el alcohol ingerido durante esta tarde. Me acuesto vestido. Posiblemente los zapatos estén manchando la colcha. No sé qué hora es, el tiempo ha dejado de ser relevante, luz y oscuridad se alternan, pero tampoco paro a contar los meses. Mi último pensamiento no patrocinado por Morfeo recae en la compra que debo hacer, cuando sea.
Me levantaré. Bajaré y tomaré algo de «Ramen». Compraré tabaco, y, cuando salga me llamarás. Contestaré. Todo el día se borrará. Me prepararé. Dejaré todo por medio. Saldré corriendo a verte. Nos veremos. Nos abrazaremos y significará, como siempre, más aún que el anterior. Daremos vueltas. Hablaremos de cualquier serie de la infancia que recuperamos por medio de amigos o hermanos. Me pararás. Me besarás. Todo el mundo acabará en ese instante. Iremos a mi casa. Dormiremos, o, más bien, la versión oficial es que dormiremos. Me levanto. No estás. Tenías que hacer muchas cosas. Una nota.
«Hueles a tabaco, para».
Bajo por las escaleras y me siento. Abro la cajetilla de cigarros. Pongo uno y otro y otro en mis labios. Inspiro.
2
Abrí los ojos, inspiré, tomé una última calada y apagué lo que fuese que me estaba fumando, decidí que ya era tiempo de cambiar algo. Pero ahí llega la sorpresa, el ponerme en pie me hizo recordar por qué me había sentado: «nada iba a cambiar». Me acerqué al poyo de la chimenea, cogí la cajetilla. Quedaban dos cigarros. Me los fumé a grandes bocanadas y me dormí.
Yo. Porque tú eres tú.
No hay comentarios:
Publicar un comentario