La vida de los humanos no «mola». Es, realmente, aburrida. Estando atados siempre por la misma cuerda que es el pensar. Son libres menos de elegir. Se levantan, y eligen que se ponen (si no han sido aburridos y previsores). Se encuentran con un igual y deciden si decir «hola», «buenos días», «¿qué tal?»... Nunca automatizados, en realidad, esclavos de la elección.
Por eso, hace cinco meses, cuando me encontraba retozando en la panza de Budda, y, este me dio a elegir qué existencia tomar, contesté, sincera, y, orgullosamente: «quiero ser, de nuevo, un girasol». Entonces, la grasa que cubría su cuello y sus grandes orejas se iluminaron de un intenso color dorado: «Sea así pues, volverás a ser la más perfecta de las formas de vida. Reencuéntrate con tu trabajo, "Descubridor de Soles"».
Entonces sucedió lo que tantas otras veces me había pasado (como estáis vivos, no lo entendéis, pero cuando estáis con Budda, recordáis todas vuestras vidas, para elegir con cabeza [y parece mentira que queráis seguir siendo humanos]), Entré en aquella espiral de colores indescriptibles, tonos infrarrojos y ultravioletas que hacían que mi alma se transformase en mi existencia. Esto duró, como siempre, la eternidad varias veces. Y entonces desperté.
La emocionante y dura vida del Girasol. Afirmo que es dura porque tenemos una fecha de caducidad muy temprana. Estar en «ninguna parte» es cómodo, el problema es que llegar no lo es tanto. Además de nuestra corta vida (somos herbáceas), tenemos una serie de nombres bastante tristes. Nadie puede tomarte en serio si te llamas: «Helianthys annuus». ¡Annuus! Nunca habéis oído a un Sauce llorón reírse de vuestro nombre ¡Y se llama Sauce Llorón! Para más inri, los nombres que nos han otorgado los humanos y, no sólo los «científicos», son bastante feos, por poner ejemplos, destacaré aquí «tlapololote» o «maíz de teja». Comparado con la denominación de Budda, son, cuanto menos, hirientes.
Pero bueno, es la vida más emocionante posible. No duermes, no lo necesitas, las neuronas son de seres inferiores. Seres que descansan. Para que os hagáis una idea del esfuerzo y la diversión que produce ser un girasol, os relataré mi día a día:
00:00 ~ Me encuentro haciendo la fase oscura de la fotosíntesis, así como tomando nutrientes del suelo. Mi ATP explota en grandes orgías energéticas mientras noto entrar los proyectos de vida en mi cuerpo. Suben mágicamente por todos mis vasos. El xilema difruta de manera desmedida. El fluoema arde, quiere explotar también.
06:30 ~ Esto parece no acabar. El orgasmo prosigue, necesito que prosiga, pero necesito encontrar un Sol. De lo contrario moriré como mueren los ratones marsupiales. Henchido de placer y cansancio.
7:17 ~ Al fin, una luz comienza a despuntar pero... ¡Oh, orondo Budda! Está en la dirección contraria a la que estaba apuntando yo. Rápìdo, maquinaria al 200%. Apuntemos a esa masa de vida y sintamos lo que es existir.
07:30 ~ Al fin lo he enfocado, no es fácil, pero intento seguirle el ritmo. Auxina en algunas zonas. Parece que lo he cazado, hoy, lo tengo.
12:05 ~ Mierda, problemas, justo cuando lo tengo arriba y bien cogido empiezan a picarme los parásitos ¿Es que nunca se cansan? Bueno, en unos minutos me acostumbraré.
17:53 ~ Joder, justo cuando ahora parezco acostumbrarme al picor el Sol que había cazado parece querer extinguirse pronto. ¡Tan sólo unos fotones más!
20:00 ~ Al fin, me he ganado otra noche de esfuerzo y placer. No es fácil, pero siempre puedo asegurarme de crear las mejores biomoléculas de toda esta zona. Por eso siempre puedo elegir y ser otra vez yo.
Ahí lo tenéis y no sólo puede pasar eso. Estamos sujetos a humanos, vacas, insectos, eclipses, producción de semillas, búsqueda de vectores... (El orgasmo humano, bonobo o de delfín no es nada comparado al de un vegetal consiguiendo vectores).
Y como podéis ver. Yo no tomo el camino fácil y aburrido, yo no me sujeto a elegir. Yo, soy, el «Descubridor de Soles».
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