miércoles, 22 de agosto de 2012

#61

Cron esperaba sentado en una rama a que el otoño le trajese noticias. Siempre lo hacía. Algunos años sólo le contaba el parte de nacimientos y muertes de los pueblos y otros cosas interesantes de verdad, como la migración floral o algún que otro árbol caduco que se le había puesto en contra y se había negado a perder las hojas. El otoño era amable. Esa amabilidad ambiciosa que puede tener un hombre de mediana edad. Solían cambiar cosas. Cron le daba alguna piel de un animal y el otoño castañas y bellotas. A Cron le gustaba sentarse en frente de las grandes hayas comiendo castañas asadas y oír sus historias mientras las hojas se suicidaban por medio de la gravedad por amor al tronco. Los árboles lo tranquilizaban. Los ratones eran demasiado inquietos y miedosos y los zorros timadores y sagaces. Sin embargo, hasta las violetas del arriate veían más cosas que nadie. Y las encinas con esa voz tan rasgada, tan cortada, la misma voz que tenía la Celestina cuando invocaba al Diablo contaban historias de cómo la montaña había sido erguida. Cron sabía la leyenda. La había oído miles de veces, pero le encantaba.

Un hombre sabio había conseguido hablar con los ríos. De tal modo que se enamoró de aquel en el que siempre refrescaba sus pies, a cambio, el río, joven como era, sólo le pedía historias y que lo acompañase por las noches. Noche tras noche bajaba a beber y a refrescarse. Pero el hombre rozaba ya las dos dobles docenas de años y su piel mostraba surcos, sin embargo, el río, era siempre joven y pronto vería partir al sabio. Los dioses, conmovidos, convirtieron al sabio en la montaña. Y cada año el río se encajona un poco más en la montaña. Y esta lo abrazará, hasta el fin de los tiempos.

Todos los niños del pueblo que había abajo conocían la historia. A todos les parecía romántica. Pero Cron podía entender la historia de verdad, tenía una moraleja. No hablar con los ríos. Una vez te enamoras de un río no podrás marcharte. Pero Cron había caído muy bajo. Cron se había enamorado de un hijo del sabio. Sabía de los peligros de los ríos. Pero no los del fruto. Un joven boj. Siempre valiente y suspicaz ocupaba ahora las horas de Cron. Por eso cron vivía allí arriba. Ese boj no podía ser tocado. Ese boj era puro. Era la belleza del mundo. Cada hoja era una lágrima de felicidad de los padres. Y esas hojas no se suicidaban. Esas hojas siempre rodeaban al boj lo alimentaban y se nutrían. Era más bello que el más bello de los líquenes. No tan cascarrabias y aún así más sabio. Cron se quedaría allí parado. Rogando al sabio que los convirtiese a los dos en piedra. Y quedar allí para siempre. Sentados uno frente a otro. Hablando sobre las noticias del otoño.

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